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Decir "sí, Señor" no alcanza | Mateo 21:28-32

19 sept
3 min de lectura
Mateo 21:28-32 - Decir "sí, Señor" no alcanzaJuan Marcos Wlasiuk
  • Pasaje: Mateo 21:28-32

  • Predicador: Juan Marcos Wlasiuk

  • Fecha: 30 de agosto de 2026.

  • Tema Central: La voluntad del Padre se cumple haciéndola, no profesándola: el arrepentimiento que le cree a Dios frente a la religión de apariencia que dice y no hace.

  • Idea Principal: Los que hacen la voluntad del Padre —el arrepentimiento que le cree a Dios— van delante al reino; la profesión sin obediencia, por elocuente que sea, deja atrás y eventualmente deja afuera. Jesús lo demuestra haciendo que sus propios adversarios dicten el criterio con el que serán medidos.

Dos hijos, un veredicto y una puerta abierta | Mt. 21:28-32

La escena continúa: el mismo templo, los mismos principales sacerdotes y ancianos que acababan de responder "no sabemos" a la pregunta de Jesús sobre el bautismo de Juan. Jesús les negó la respuesta, pero no se quedó en silencio: les responde con tres parábolas, y esta es la primera. La historia es deliberadamente simple. Un padre da a sus dos hijos el mismo mandato, claro y con plazo: "ve hoy a trabajar en mi viña". El primero responde con una insolencia que escandalizaba en aquella cultura, "no quiero", pero después, arrepentido, va. El segundo responde con toda cortesía, "sí, señor, voy", y no va. La única diferencia entre los dos es la distancia entre sus palabras y sus hechos.


Jesús no explica la parábola: la pregunta. "¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?". La vara no es quién habló mejor sino quién hizo, y la respuesta era tan obvia que ni sus adversarios pudieron esquivarla: "el primero". Los custodios de la religión de Israel acaban de afirmar delante de todos que decir "sí, señor" no vale nada si no se va a la viña — el criterio con el que serán juzgados lo dictaron ellos mismos. Entonces llega la sentencia: "de cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios". Y el porqué: Juan vino en camino de justicia y no le creyeron; la escoria de la sociedad sí le creyó; y ellos, viendo esas vidas transformadas, ni siquiera así se arrepintieron. No les faltó información: les sobró desinterés. La higuera llena de hojas y sin fruto ya había mostrado a dónde lleva ese camino, y el Señor lo había dicho sin parábola: "no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos".


"Esta parábola es una sentencia, y adentro de la sentencia hay una invitación."


La aplicación alcanza a los dos hijos que llevamos dentro. Al de pasado rebelde, la parábola le trae una buena noticia: no importa cuán lejos empezaste; importa si te arrepentiste y creíste — el mismo evangelio lo escribió un publicano que creyó. Al de profesión prolija le trae el examen: años de "sí, señor", bautismo, banco de iglesia… ¿y la viña? Porque el requisito no cambió: la predicación de Juan y la de Jesús fueron, palabra por palabra, la misma —"arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado"—, y el mensaje no cambia porque Dios no cambia. La condición la estableció Él, y el precio también lo pagó Él: el Hijo vino a dar su vida en rescate por muchos. Hacer la voluntad del Padre no es moralismo: es el arrepentimiento que le cree a Dios y va. Y mientras Dios siga hablando, la puerta sigue abierta — tiempo después, muchos de aquellos sacerdotes obedecieron a la fe.


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